El S-80 se ha convertido en una pesadilla para Defensa; además del agujero presupuestario, los plazos se han demorado casi diez años.

El proyecto S-80 se ha convertido en una pesadilla para la Armada. Bajo esa nomenclatura se ampara una de las ambiciones más complejas a las que se ha enfrentado el Ministerio de Defensa: la construcción de cuatro submarinos de la más alta gama llamados a revolucionar el escenario tecnológico. El plan, no obstante, ha sufrido varios contratiempos -el primero y más destacado, que el sumergible no flotaba– que han abierto un agujero de 2.000 millones de euros.

Esos son los datos que maneja el Jefe de Estado Mayor de la Armada (AJEMA), almirante Teodoro López Calderón [la máxima autoridad en la rama naval de las Fuerzas Armadas]. Los problemas de diseño en el balance de peso provocaron que el primero de estos cuatro submarinos construidos por Navantia no flotase. Era capaz de sumergirse, pero no de salir a la superficie.

Aquel fallo se detectó en 2012. Y obligó a la contratación de una firma estadounidense que elaboró una auditoría tecnológica sobre el proyecto. Tras los análisis efectuados se decidió ampliar la eslora del sumergible en diez metros, lo que aseguraba su flotabilidad.

El problema disparó inmediatamente el presupuesto del S-80, previsto inicialmente en 2.135 millones para la adquisición de los cuatro submarinos.

De acuerdo a esos datos que maneja el AJEMA, el proyecto requiere prácticamente el doble de esta inversión. Con los 2.135 millones iniciales no daría más que para el primer sumergible. Ahora, se calcula que el presupuesto rozará los 4.000 millones; esto es, 1.865 millones de euros más.

Pero a esa cantidad hay que sumar otra partida. Los cuatro submarinos S-80 estaban llamados a sustituir los tres submarinos S-70 con los que ahora cuenta la Armada, el Mistral, el Galerna y el Tramontana. Pero el aplazamiento en la entrega de los S-80 -Navantia los iba a entregar en 2014 y ahora está previsto en 2023- ha obligado a alargar la vida útil de los S-70.

Esta decisión obliga al carenado de los tres sumergibles. O lo que es lo mismo, el desmontaje y el montaje completo de las naves, para su revisión completa.

Desde que se supo que el S-80 sufría retrasos, se han carenado los S-70 por un precio de 43 millones de euros cada uno (lo que multiplicado por las tres naves da una cifra de 129 millones).

Ahora está prevista una segunda carena para los tres viejos submarinos. Otros 129 millones. Sumadas todas las cifras, da el resultado de 2.123 millones de euros (1.865+129+129).

El programa hoy es viable. Pero para lograrlo, no obstante, se debe actualizar la orden de ejecución presupuestaria; decisión que tendrá que contar con el respaldo del Consejo de Ministros.

Un sistema de propulsión fallido

A estos problemas hay que añadir el retraso sufrido en el sistema de propulsión de los S-80. En un principio se proyectaron unos motores diésel-eléctricos con sistema de propulsión AIP (Air Independent Propulsion, por sus siglas en inglés).

Construcción del esqueleto del S-80 en instalaciones de Navantia.

Construcción del esqueleto del S-80 en instalaciones de Navantia.

El desarrollo de estos motores ha requerido la aplicación de todos los esfuerzos en I+D+I, que han tropezado en algunos puntos de la planificación. Por eso, Navantia entregará los dos primeros S-80 a la Armada con un motor tradicional, mientras que los dos últimos ya tendrán incorporado el AIP. Habrá que esperar a la primera gran carena de los submarinos para incorporar ese sistema a los dos sumergibles restantes.

Inversión en tecnología española

Fuentes de la Armada admiten a EL ESPAÑOL las grandes dificultades que se han encontrado en el desarrollo del S-80, con un presupuesto mucho mayor al proyectado inicialmente y un retraso en los planes.

El plan, no obstante, supone una apuesta por la tecnología militar española, añaden estas mismas fuentes. Una vez desarrollado el proyecto del S-80, cabe la posibilidad de que se exporte esa tecnología -de forma parcial o en su totalidad- al mercado internacional.

Porque pese a la pesadilla en la que se ha convertido el S-80, disparando en 2.000 millones el gasto, la Armada española seguirá confiando en la industria nacional, convencida de que la inversión tendrá un retorno en la economía.

 

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